Hace un tiempo, diría años, en Puerto Madryn, decidí intentar algo distinto: crear un semáforo portátil. La idea nació de lo cotidiano, de ver todos los días situaciones donde hacía falta una solución… y animarme a pensar: “¿y si se puede?”.

Me puse a trabajar, a probar, a equivocarme y a seguir… hasta que salió.

Tuve la oportunidad de ponerlo a prueba en la ciudad, en la Escuela 84, y conté con la ayuda del personal de tránsito. Fue una experiencia realmente hermosa.

No fue fácil, y el proyecto no logró el apoyo que necesitaba para crecer como yo esperaba. Pero, más allá de eso, me quedo con algo mucho más fuerte: la satisfacción de haberlo hecho realidad.

Además, este trabajo llegó a Tecnópolis, en un encuentro de inventos a nivel nacional, donde recibí un premio por la idea, algo que para mí fue un reconocimiento enorme.

Hoy lo comparto porque hay cosas que, más allá del tiempo, siguen teniendo valor.

¡Gracias por su tiempo!