No todos recorremos el mismo camino para llegar al lugar donde estamos.
Cada persona tiene una historia formada por decisiones, oportunidades, dificultades y aprendizajes. La mía está marcada por el trabajo, la perseverancia y una convicción que me acompañó durante toda mi vida: siempre se puede seguir aprendiendo y creciendo.
Nací en Cipolletti, provincia de Río Negro, pero prácticamente toda mi infancia y juventud transcurrieron en Buenos Aires.
Por distintas circunstancias de la vida, durante mi niñez solo pude cursar hasta cuarto grado de la escuela primaria. En aquellos años, como ocurrió en muchas familias, las necesidades y las oportunidades hicieron que el trabajo tuviera un lugar muy importante.
Pero algo nunca desapareció en mí: el deseo de aprender y progresar.
Cuando las posibilidades laborales comenzaron a ser más difíciles en Buenos Aires, mi madre me habló de una oportunidad en Sierra Grande. Allí se estaba incorporando personal para trabajar en la mina.
Recuerdo haber pensado:
“¿Yo, trabajando en una mina?”
Era algo completamente desconocido para mí. Sin embargo, pocos días después estaba en la estación Retiro tomando el tren hacia Sierra Grande, sin imaginar que ese viaje cambiaría mi vida para siempre.
El camino para ingresar a la mina no fue sencillo. Como muchos jóvenes de aquella época, tuve que enfrentar desafíos, esfuerzo e incertidumbre. Pero logré ingresar y trabajé durante dieciséis años en la minería.
La mina fue mucho más que un trabajo. Fue una escuela de vida.
Allí aprendí el valor de la responsabilidad, la disciplina, el compañerismo y el trabajo en equipo. Cada jornada dejaba una enseñanza.
Aunque era un trabajo estable y significaba una buena oportunidad económica, siempre tuve dentro mío la necesidad de seguir creciendo. Nunca desprecié lo que tenía, porque cada etapa fue importante, pero siempre pensaba que podía dar un paso más.
Muchas veces me dije:
“Yo no voy a terminar acá; todavía tengo algo más para hacer.”
Con el tiempo llegó una nueva etapa en Puerto Madryn. Allí trabajé en empresas pesqueras como electricista. Fue otra experiencia de aprendizaje, de esfuerzo y de adaptación. Como todo trabajo, tuvo sus momentos buenos y sus desafíos, pero nuevamente me dejó conocimientos y experiencias que forman parte de mi historia.
Más adelante llegó una oportunidad que marcaría otra etapa importante: ingresé a trabajar en la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco.
Comencé como electricista, aportando desde mi experiencia técnica. Pero nuevamente apareció en mí la necesidad de seguir aprendiendo. Realicé cursos de auxiliar en Higiene y Seguridad, hasta asumir responsabilidades dentro de esa área.
Con el tiempo, y luego de obtener mi título de Técnico Superior en Higiene y Seguridad en el Trabajo, quedé a cargo de las tareas relacionadas con seguridad en la sede Puerto Madryn.
Durante esa etapa desarrollé protocolos de evacuación, organicé simulacros y trabajé junto a diferentes instituciones, incluyendo Bomberos, con el objetivo de preparar a las personas para actuar correctamente ante una emergencia.
Para mí, la seguridad nunca fue solamente un procedimiento escrito. Fue una forma de cuidar a las personas.
A lo largo de mi vida también comprendí que nunca es tarde para estudiar.
Ya de adulto retomé mi formación. Finalicé la escuela primaria y la secundaria. También cursé la carrera de Derecho, quedando a pocas materias de finalizar. Ese recorrido me permitió adquirir conocimientos sobre el marco jurídico y la importancia de las normas en nuestra sociedad.
Además, continúo capacitándome en legislación, con el objetivo de comprender el funcionamiento del trabajo parlamentario, los procedimientos y la forma en que se desarrollan los procesos dentro de instituciones como el Congreso, las Legislaturas y los Concejos Deliberantes.
Siempre creí que quien desea aportar en la vida pública debe prepararse, conocer las herramientas institucionales y comprender cómo las ideas pueden transformarse en proyectos concretos.
También obtuve los títulos de Técnico Superior en Higiene y Seguridad en el Trabajo y Técnico en Desgasificación de Buques.
Pero para mí la formación no se mide solamente por los títulos alcanzados. Se mide también por la voluntad de seguir aprendiendo.
Esa misma inquietud me llevó a desarrollar proyectos, escribir y compartir conocimientos.
Soy autor del libro Minero: ¿Un Hombre Común?, donde busqué rescatar no solo una parte de mi propia historia, sino también la de muchos trabajadores que construyeron su vida a través del esfuerzo y la perseverancia.
También desarrollé escritos y proyectos relacionados con la seguridad, la prevención, la gestión del riesgo, la innovación y los valores en la vida pública.
A través de los años tuve la oportunidad de brindar charlas y capacitaciones de manera gratuita, porque siempre entendí que el conocimiento tiene más valor cuando puede ponerse al servicio de los demás.
Mirando hacia atrás, comprendo que cada etapa tuvo un sentido.
La mina me enseñó el esfuerzo.
La industria me enseñó la adaptación.
La universidad me enseñó la importancia de la prevención y la organización.
El estudio me enseñó que nunca es tarde para aprender.
Y cada experiencia fortaleció una misma idea: siempre hay algo que podemos aportar.
Hoy sigo estudiando, sigo escribiendo y sigo desarrollando proyectos, con la misma convicción que me acompañó desde el comienzo.
Porque creo que una persona nunca termina de construirse mientras conserve la voluntad de aprender y el deseo de servir.
Este es el camino que recorrí.
Y es el camino que continúo recorriendo.
Jose Emilio Gonzalez

